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27 de septiembre de 2011

27 de Septiembre.

Me he propuesto intentar escribir cada día, aunque sea un poco, como si de un diario se tratase…
No sé si lo conseguiré pero al menos, el intento quedará.


He de reconocer que por mi mente pasan muchas cosas al cabo del día, muchos pensamientos, incluso sentimientos. Y al venir aquí, al blog, y leer las entradas de la gente que va actualizando, me hace pensar aun mas. En muchísimas cosas que quizás a veces no había ni pensado.



Hace poco tiempo, decidí intentar retomar mi vida, si, algunos os preguntareis que por que he de retomarla, y bien, simplemente puedo decir que he estado un poco ausente del mundo en este tiempo, casi tres años, alejada de la realidad. Y ahora, vuelvo a salir a ella, y a veces me dan ganas de volver a meterme en mi armario, por así decirlo, o bajo mis sabanas, aquel lugar donde me solía sentir tan segura, aquel lugar en el que tantas horas, días, semanas y meses he pasado. Recuerdo como algunas noches solía sentarme al lado de mi ventana y observar la luna, las estrellas o simplemente el cielo ennegrecido. Adoraba la sensación que me transmitía, de tranquilidad, de paz. Una sensación increíble para quien no encuentra ahora mismo paz y tranquilidad en su vida. ¿Alguna vez os habéis sentado simplemente a admirar el cielo? Bien, yo si, y no hay sensación mejor que esa, a mi modo de verlo. Pero últimamente, sentarme a observar el cielo, estando en mi cuarto, solo me hace recordar aquellas noches que pasaba acompañada, aquellos amaneceres que veía, sintiéndome acompañada. Y eso me hace anhelar aún más esos días, anhelarlos de verdad, con el corazón.

A veces siento el corazón en la garganta, sintiendo como me late con prisa, como si quisiese salir de mi pecho, afuera, lejos de mí, con su dueña. Sin embargo, no le dejo que salga, ha de quedarse dentro, en su verdadero lugar. ¿Qué pasa si no es bienvenido? ¿Qué pasa si sale herido? ¿Qué ocurriría entonces? ¿Cómo viviría con un corazón herido, de nuevo?





Hay una frase que dice:

¿Cuántas veces se puede romper un corazón y esperar que siga latiendo? Y bien, esa es una buena pregunta. ¿Cuántas? Cuantas veces aguantaría? Creo que no muchas, no sé si en realidad superaría una. O quizás sí, dicen que el tiempo cura las heridas, ¿No? Pero no creo que haga milagros, creo que más que el tiempo, el amor puede con cualquier cosa, o eso quiero creer. Que el amor puede con todos y todo en este mundo, eso sí, ha de ser real, verdadero, puro, eterno. No ese amor, “made in china” que dura 4 días y si se termina, adiós muy buenas y si te he visto…no me acuerdo.

 

Cuando nos enamoramos, la mayoría lo hacemos de verdad, entregamos el corazón de una manera única, cada persona como puede. A algunos les cuesta más, a otros menos, pero siempre buscamos que la otra persona, lo cuide como si de su propio corazón se tratase, y por supuesto, esperamos el suyo a cambio. O quizás a veces no esperamos eso. Yo entregue mi corazón, lo cerré en una cajita y lo entregue, como pude, sé que no soy perfecta, se que cometo errores casi a diario, sé que no soy la mejor, ni pretendo serlo, sé, sé muy bien que jamás conseguiría llegar a ser la mejor, pero quiero ser esa persona que es única para alguien, para ella, quiero ser esa persona en la que sin darte cuenta cuando piensas en ella, sonríes. Quiero que me ame, como yo amo. Quiero que me salven, creo que necesito que me salven.

 

 

Y esto es lo que pasa cuando escribo sin tener una idea fija sobre lo que escribir, divago y divago sobre cosas que pasan por mi cabeza, y esto es lo que últimamente, mas ronda la mia, el amor, el amor verdadero. ¿Creéis de verdad que puede con todo y con todos?




-          El futuro siempre puede cambiar #


1 comentario:

DosBichos dijo...

El amor verdadero llega a los cincuenta años. Cuando de pronto, te das cuenta de que X no te ha abandonado. No se ha ido. Se ha quedado cada día contigo. Se ha negado a marcharse, a traicionar vuestra vida juntos.
Eso es el amor verdadero.

El amor de los quince, el de los dieciséis, diecisiete, los cien tíos de los dieciocho y de los diecinueve. Los mil de los veinte y de los veintiuno. Tu novio de los veintidós a los veinticuatro.
Todos esos.
No son más que recuerdos.

Ahora bien, el que prometa no irse nunca, y no se vaya. Ese llegará el último.

P.

(Siento ser tan coñazo, pero ójala me hubieran dicho a mí esto antes)